Tierra Oscura- El Elfo Caido — Cronica De La

Kaelen no lloró. Los elfos de la luz no lloran, decían. Pero esa noche, en la celda abierta a los vientos del desierto de los confines, sintió cómo la luz del mundo se volvía contra él: cada estrella era una acusación, cada hoja iluminada por la luna un dedo que señalaba.

Lo despojaron del rango. Le arrancaron la lanza Luminara —ella misma gimió al separarse de su mano—. Y en el juicio de las Tres Coronas, la sentencia fue breve: Cronica de la Tierra Oscura- El Elfo Caido

Una noche, al limpiar su lanza, vio en el reflejo del acero algo que no reconoció: sus propios labios manchados de un polvo gris. Los restos de un altar umbral. Una diosa de tres ojos que habían llamado Nicta , y a la que él había partido en dos con un solo tajo. Kaelen no lloró

El cambio ocurrió sin estrépito. Durante la Gran Purga de los Susurros, cuando los jueces de la Conclave ordenaron la aniquilación de los elfos de las cuevas del sur —llamados Umbrales , acusados de pactar con raíces que crecían hacia abajo, hacia un corazón de tiniebla consciente—, Kaelen obedeció. Mató. Quemó galerías enteras donde colgaban tapices de musgo bioluminiscente y canciones escritas en hueso. Lo despojaron del rango

Nicta no gritó. Solo susurró: “Caído serás, pero no por mano enemiga. Por la tuya propia.”

No desde una torre, sino desde sí mismo. Su carne seguía siendo élfica, pero su espíritu comenzó a agrietarse, y de esas grietas no brotó oscuridad, sino una cosa peor: recuerdos que no le pertenecían. Manos que habían cavado tumbas en la Era de la Ceniza. Ojos que habían visto el sol apagarse y renacer torcido.